miércoles, 28 de julio de 2010

La Foto

Camino al orfanato Alba meditaba su reciente plática con el padre Esteban. Aquella revelación sobre su pasado y el origen de su peculiar talento venían a llenar los huecos que constantemente encontraba al tratar de recopilar lo que hasta ahora había sido su tranquila vida.

Dicen que el conocimiento engrandece a la gente. Lo que no dijeron es que al crecer, el mundo se vuelve pequeño. Y San Lorenzo ahora parecía tan insuficiente, que jamás tuvo tantos deseos de volar como en ese momento. Escapar hacia el viejo caserón de los niños; y olvidarse de los murmullos de moscas frente a la plazuela. Tan aburrida a esa hora del día. Tan simétrica y monótona como un tablero de ajedrez. Sólo que en lugar de torres y caballos, tenía que soportar a perros y algunos puestos de somnolientos vendedores. Pensó que tal vez una manzana con caramelo la animaría como otras veces pero recordó que en sus bolsillos sólo descansaba la foto que el padre le dió. Siguió caminando mientras contemplaba la ambarina imagen. Fuera de la protagonista, las casas retratadas no habían cambiado mucho. Incluso podía reconocer fácilmente a dos o tres de ellas. De hecho, una de esas casas estaba a pocos metros de distancia, más adelante.

No estaba segura si su madre aún formaba parte de ese hato de recuerdos. En realidad todo lo que se sabía de Olivia eran meras suposiciones y leves memorias de los más viejos. Los viejos, otrora jóvenes que alguna vez la vieron recorrer descalza esas mismas calles y cuya hija ahora pintaba con su sombra ocre, alargada y cansada por el sol de la media tarde. Se imaginaba a sí misma siendo otra fotografía de la niñez de su progenitora, en especial ahora que contemplaba la fachada del número 25 de la calle Acequia. Justo en ese momento el tiempo volvía a detenerse. Se cumplía nuevamente la vieja maldición del reloj destartalado frenando al mundo con un medio día inconcluso y esa misma melena larga, espesa cubriendo la espalda de la chiquilla por completo.

Aunque su corazón le rogaba acelerar sus pasos, el resto de su cuerpo decidió tomarlo con más calma saboreando el suelo caliente y polvoso debajo de sus pies. Sintió ganas de descalzarse para acariciar la tierra con sus plantas y así comprender a su madre, que dieciocho años atrás recorrió la calle Acequia con los zapatos en la mano. Fue ese el momento en que se sintió más cerca que nunca de conocer a la artista responsable de sus facciones, de sus manos con dedos largos, aquellos que muy en lo profundo de la piel guardaban aún el tacto del rostro materno. Que recogieron besos y lágrimas cuando el abandono fue inevitable. Tenía pues, un par de manos hechas de dolor y despedida, su única herencia. Una lágrima furtiva trató inútilmente de escapar de sus ojos negros y curiosos. No esta vez. No más. El tiempo de la melancolía habría de esperar, pues su ojos, sus infantiles ojos tenían una tarea especial. Esos ojos que no hacían distinción entre vivos y muertos ni entre hombres y nahuales.

El Nahual. El entorno de sus pensamientos cambió instantáneamente a una mañana fresca y una ventana empañada por la llovizna. Un hombre-animal que parecía tener curiosidad hacia ella. Un sentimiento mutuo por cierto. Lamentaba no poder obedecer a sus mayores. Lamentaba no temerle como ellos le ordenaron. Como si el miedo pudiera siquiera insinuarse. Como si no lo supieran: Que el miedo se encarna en lugares, cosas y personas; y se queda ahí por mucho tiempo hasta que se topa con nosotros y envuelve nuestra alma como un amante celoso. Eso es el miedo. Eso es lo que envolvió el alma de la niña cuando supo que no todo lo que vieran sus ojos sería visto por el resto de los ojos del pueblo. Pero todo el temor se disipó al saber que, con suerte, podría ver a su abuelo rondando el edificio principal de la casa hogar. Ahora, lejos de temer, en realidad lamentaba no haber visitado ese lugar antes. Probablemente heredó de su abuela el repudio a ese tipo de viviendas al haber sido ella misma huérfana de padre y madre siendo aún más joven que Alba. Pero ahora era diferente. Su encuentro fortuito con aquél personaje le abrió la puerta a un mundo nuevo y distinto.
Prolongó el camino lo más que pudo, saboreando, como las mariposas el suelo con sus pies. Un par de metros antes de llegar a la puerta, se puso los zapatos y guardó la foto en su bolsillo favorito. Tiró de la cuerda y una campana sonó del otro lado. Después del tercer tañido se dió cuenta de que no tenía una buena excusa para entrar a ese lugar. No iba a adoptar a nadie, obviamente. Tampoco conocía ni a los niños ni al personal. Y de ninguna manera les iba a decir que estaba ahí para intentar ver a su abuelo fallecido. Era demasiado tarde para correr y demasiado pronto para arruinar su plan. Así que esperó.

La puerta abierta mostró a un adulto joven de complexión robusta, sin embargo su rostro parecía demacrado y su ropa formal pero vieja (tal vez elegante hacía unos años) le daban el aspecto de un mayordomo en decadencia, bastante a juego con el aspecto cansado y derruído del edificio. Al clavar sus ojos en la visitante y no escuchar palabra alguna, dejó salir su voz grave y serena.

- ¿Qué se te ofrece?
- Emm... Vengo a...
- ¿Sí? -La insistencia del hombre la hizo hablar con el primer pretexto que se le ocurrió.
- Quiero ayudar a cuidar a los niños.
- ¿Es una broma? -Preguntó el mayordomo, volteando a los lados de la calle como esperando que alguien se asomará y le gritara "¡Caiste!". Pero nada de eso pasó.
- No. En serio quiero ayudar. Me gustan los niños y... Y pues... -Comenzaba a darse por vencida cuando un golpe seco en sus tobillos la hizo voltear repentinamente.
- ¡Epa! ¿Quién está aquí?

Matiana con su inseparable bastón, estaba parada detrás de ella, tratando de distinguir esa pequeña y escurrida figura borrosa. No fue su olor ni su estatura lo que la delató. Fue su silencio.

- Muchacha -Dijo con una sonrisa-. Veo que a ti ya no se te puede ocultar nada.
- Doña Matiana -Murmuró Alba-, no le diga a mi abuela.
- Entra -Respondió la anciana-. A ti ya ni los difuntos se te pueden esconder...

Este es el último fragmento que subo de mi inconclusa novela. Después de esto me voy a concentrar en finalizarla y tal vez publicarla formalmente si la economía no me traiciona. Deséenme suerte...

1 comentario:

Niña agridulce dijo...

Habia abandonado el mundo de los blogs y hasta habia olvidado que me gustan mucho tus historias.

Saludos!

Me gusto